En la guía Lonely Planet aconsejan pasar por esta ciudad de largo, camino de Atacames o Tonsupa. Dado que no merece la pena y es insegura.
Desde las ansias burguesas de los gringos, aplicadas al resto de Occidente (aunque los europeos intentemos desmarcarnos), se clasifican espacios y se comercializan experiencias. Lugar y experiencia se transforman en uno. Esa experiencia, además, ha de ser exótica. De diferenciación cultural y naturaleza clasista: se consumen aquellos lugares que nos aportan "otredad" como un locus de experiencia finito. Se extraen esos elementos, como si la cultura fuera aprehensible, se registran en fotos y se ponen en circulación. Se catalogan, se etiquetan y se venden esos lugares como "apetecibles" o "no-apetecibles". El otro ya no existe, a ojos del capitalismo su cultura ya está abierta al consumo más deseable.
Si hubiera leído esa guía y fuera un poco más consciente, Esmeraldas no hubiera existido en mi vida. Aunque lo cierto es que cuando la leí, en el viaje desde España a Ecuador, me importó un "bledo".
Una vez en terreno el proceso fue el siguiente:
- Al poco de llegar, la sensación de alarma era constante. Los continuos "cuidado" o "no vayas solo", llegaron a agobiarme hasta el punto de no querer salir.
- Según pasan los días, el tiempo de la temporada seca no parecía tan duro y los pocos paseos por la ciudad me hicieron relajarme. Cierto es que nunca se debe ir del todo relajado.
- Actualmente estoy tranquilo. Sé por dónde y cuándo ir. Sé lo que hay (al menos un poco de lo que hay).
Pero relatar Esmeraldas, única y exclusivamente desde la seguridad, es cuanto menos, injusto. Sobre todo cuando Esmeraldas da más que eso y cuando lo único que hacemos es dejarnos llevar por la dinámica de pensamiento yanki. Por lo pronto casi dan ganas de comprarse una pistola. Y ese, jamás es el camino.
Esmeraldas es un cielo azul cada mañana. Es un parlante rebotando la música contra el suelo. Es un ¡hola! te cruces con quien te cruces. Es una sonrisa. Es marimba. Es orgullo y es mezcla. En época húmeda una selva. Es un cementerio desordenado pero vivo. Son niños corriendo y además felices. Es gente que vive con poco, pero que vive mucho. Gente que se aferra a la vida. Esmeraldas es un mar abierto a la esperanza. Es un abrazo, un ¡pana!, un choclo, un Carnaval pasado por agua. Una Pilsener bien fría. Esmeraldas es buena compañía. Una ciudad desordenada, una provincia en desarrollo. Un San Lorenzo, vecino, vivo y colorido, acogedor y extraño. Un museo vivo de la ausencia de estado.
Nunca he creído en banderas, ni en himnos, ni en naciones. No me interesan. En cambio, sí creo en la patria. No como un ensalzamiento banal de lo simbólico, pero sí como el lugar al que sientes que perteneces. De donde proviene tu cultura. En mi caso, mi pueblo en Toledo (España). Pero también creo que hay pequeñas patrias que vamos ocupando en nuestra vida. Lugares de donde no somos, pero no nos importaría pertenecer, lugares donde somos extranjeros, pero nos sentimos en casa. Donde el vínculo cultural conecta y no vivimos la "otredad" como una experiencia finita y clasista, sino como una conexión personal y de intercambio. Siendo iguales.
Esmeraldas es mi pequeña patria. No es que piense en volver, es que no me "voy". Su lema por bandera:
¡Libre por rebelde y por rebelde grande!